Venezuela llora, cuba tiembla y el mundo grita OPINION.

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Una catástrofe como el reciente terremoto que sacudió a Venezuela —con un elevado número de víctimas, miles de heridos y una destrucción que todavía continúa evaluándose— nos enfrenta de golpe con la fragilidad de la existencia.
Cuánto dolor, cuánta desesperación y cuánta incertidumbre para miles de familias que, además de soportar las consecuencias del desastre natural, arrastran desde hace años una profunda crisis política y económica bajo el yugo del chavismo, ahora con colorete.
Venezuela llora y el mundo… bueno, el mundo camina drogado por la magia del mundial de fútbol. Un filósofo dijo en una ocasión que la religión es el opio de los pueblos; yo creo que la verdadera anestesia hoy en día es el deporte, muy en especial el fútbol que levanta tantas pasiones.
El exdelantero argentino Jorge Valdano bien apuntó:
“El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”,
y el uruguayo Eduardo Galeano remató con una expresión perfecta:
“En su lucha contra la rutina, el fútbol es el único milagro que no tiene explicación. Es un juego que se juega con los pies, pero que se siente con el alma”.
Mientras Venezuela llora, el mundo grita ¡GOOOL! Es algo tristemente normal para los seres humanos de hoy, en quienes la indiferencia late con fuerza dentro de las conciencias.
Por eso a nadie le preocupa de verdad un país que lleva sufriendo su propio terremoto desde hace 67 años; un sismo político que destruyó edificios, arruinó la economía, secó los campos y consiguió separar a las personas en dos bandos antagónicos.
Y entonces inevitablemente pienso en Cuba. Desde 1959, el terremoto llamado castrismo inició la destrucción de un país que en ese instante se encontraba entre los primeros de América Latina, con una economía sana.
De acuerdo con el prestigioso economista Carmelo Mesa-Lago, los indicadores de desarrollo general de la Organización de las Naciones Unidas de 1957-1958 ubicaban a la isla en el tercer lugar en consumo de calorías por habitante al día, y en ese mismo puesto en cantidad de médicos y dentistas, solo detrás de Argentina y Uruguay.
No solo eso: Cuba era el país de la región con mayor número de televisores y aparatos de radio por habitante, y superaba a varias naciones europeas en kilómetros de líneas férreas y automóviles por habitante en esa fecha.
¿Y qué ocurrió entonces? Llegó un hombre con una flauta embrujada y adormeció las conciencias de los cubanos; y a quienes no quisieron escuchar el sonido, los apresó, los asesinó o los desterró.
Desde ese momento, el sismo no ha parado. Continuó hasta el día de hoy, cuando finalmente el pueblo se quitó la venda de los ojos, se limpió los oídos y se cansó del cuento futurista donde todo sería bonanza.
El castrismo transformó profundamente la realidad cubana. Las interpretaciones sobre ese proceso son diversas y objeto de intenso debate, pero resulta innegable que hoy la isla enfrenta una grave crisis económica, energética y social.
En lo particular, me desgarra cuando los amigos me dicen que llevan tres días sin electricidad, que no tienen qué comer, que los hospitales son una cloaca y que las calles están repletas de basura.
¿Andarán preocupadas la ONU, la OEA o la Unión Europea?
Por lo menos ellas no gritan gol, pero hacen algo peor: siguen calladas. Nadie escucha los gritos del pueblo cubano.
Muchos paisanos cifran sus esperanzas en los Estados Unidos y aspiran a que los cabecillas del régimen sean capturados.
A mi juicio, eso no ocurrirá. Ojalá me equivoque, pero ahí tenemos el ejemplo de Venezuela, donde siguen en el poder los asociados de Maduro y, aunque cambiaron de líder, es el mismo perro con diferente collar.
En fin, el mal.
Venezuela, tarde o temprano, reconstruirá carreteras, puentes, hospitales y viviendas. Lo más difícil será reconstruir los corazones de quienes perdieron a un ser querido.
Y Cuba seguirá enfrentando otro tipo de terremoto, uno que no aparece en las escalas sísmicas, pero que también agrieta hogares, separa familias y desgasta la esperanza de millones de personas.
Porque hay movimientos de la tierra que duran apenas unos segundos.y otros que llevan más de seis décadas.
En fin, el mar.
Sean felices siempre hay tiempo


